Se la puede ver paseando en los días más grises y, también, en los que el sol ilumina cada rinconcito, cada calle. No saben quien es, poco importa. Sólo es una sombra más, una de las muchas figuras errantes que caminan por la ciudad. Pasa desapercibida allá donde vaya, aunque a algunos les llama la atención su manera de andar, despreocupada, sin rumbo. Una sonrisa asoma por su rostro, parece que canta, tararea una canción.
La música suena ensordecedora a través de sus auriculares. Se imagina historias con las canciones que escucha, cada canción una historia, un videoclip, un sueño. Muchos se preguntarán hacia donde se dirije, lo cierto es que ni ella misma lo sabe. ¿Qué más da donde vaya? Lo importante es el viaje en sí.
Chispea. Ella mira al cielo y, como todo lo demás, le es indiferente si truena o hace frío, sigue su camino. Ese que aún desconoce. Llueve con fuerza y la chica aligera el paso, sube el volumen de la música y se pone la capucha de la sudadera que lleva puesta. Aún pueden contemplar cómo continúa sonriendo y cantando para sí. Cualquier otra esperaría a que escampase debajo de algún portal, pero a ella le gusta sentir las gotas de agua cayendo por su rostro, manos, traspasándole la ropa. Es una sensación agradable. Al fin y al cabo sólo es agua, ya dejará de llover. La toman por una chica solitaria. Se equivocan. Nunca va sola. Siempre le acompaña la misma amiga, su mejor amiga. La única que la comprende y sabe exactamente lo que se le pasa por la mente. La que es capaz de expresar por ella lo que por sí misma sería incapaz de expresar. No puede verla, pero da igual. Lo importante es que la siente tan cerca que vive en ella. La música vive en ella, en cada poro de su piel, en cada lágrima que llora, en cada sonrisa espontánea.
La chica de la capucha, la de los auriculares y la música a volúmenes inapropiados, la de las cuatrocientas canciones, la de la eterna sonrisa, la que camina sin ajustar sus velas. Esa chica soy yo.
Lady Rock.
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