martes, 9 de abril de 2013

Caigo.

Ruido. Un ruido ensordecedor. La música tan alta como el Empire State Building. A mi alrededor multitud de personas bailando, divirtiéndose y besándose. Disfrutan de la fiesta tanto como yo. Sin embargo, yo prefiero contemplar el ambiente con una copa en la mano.
A estas alturas de la noche debo estar desvariando. Al otro lado de la discoteca, noto que alguien me observa. Es un chico de mi edad. No me quita los ojos de encima. Sí que debo de haber bebido, porque ese chico no puede ser real.

Intento buscar adjetivos para describirle, son demasiado terrenales para él. Ángel. Eso se le acerca más. Me mira de una forma extraña, enigmática, impasible. ¿Cuánto lleva observándome? He perdido la noción del tiempo.

Habla con más chicas, sin embargo, no les presta atención. Las ignora, él merece mucho más y lo sabe. A veces, desvía sus ojos y los centra en la nada mientras se pasa una mano por el pelo. Seductor se acaricia un colmillo con la lengua. Ahora que no me mira, veo la perfección de su cuerpo, su piel canela. Su boca. Hay algo en ella perturbadoramente abrumadora.

No lo entiendo. Me vuelve a mirar y mis piernas se ponen automáticamente en marcha. Pierdo el control de mi cuerpo. Me dirijo hacia donde está él. Sigue apoyado en la barra, como si el mundo le diese igual. Alza la cabeza, le da un trago a su copa y comienza a andar. En cualquier momento nos vamos a cruzar, cada vez más cerca el uno del otro. Y, entonces, me doy cuenta de que no es un ángel. Camina y el mundo entero se rinde a sus pies. Caigo. El fuego de sus ojos me quema la piel. Me asfixia. Definitivamente es el diablo. Caigo. Me resisto, pero es inútil. Ha venido a llevarme a la eternidad del infierno. Caigo y no importa lo que haga; no puedo ni quiero luchar contra él. Ya no me quedan fuerzas ni tengo voluntad propia.

Nunca el infierno me pareció tan bello, ahora que lo veo desde la eternidad de su mirada. Caigo.

Lady Rock.

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