martes, 28 de octubre de 2014

Aguas Turbulentas

Y, cuando le besé, sentí un inmenso mar que me llevaba a la deriva. A la suya. Un océano negro y oscuro; profundo, que cualquiera que tuviera pesadillas de pequeño temería, pero yo no. A mi no me daba miedo, porque sabía nadar entre tiburones y estaba más que acostumbrada a pozos sin fondo, a mares impetuosos y a luchar contra la corriente. Había aprendido a escupir el agua que me anegaba los pulmones. Y, mientras pensaba en cómo había sobrevivido a semejante catástrofe, la tristeza de sus ojos inundados por el mar, presagiaban lo peor. El dolor de sus mentiras, las cicatrices de su mirada reflejaban la verdad: su coraza se partía, y él con ella. Se caía a pedazos delante de mi a pesar de que me respondiera con una sonrisa (rota) "Estoy bien".

Juntaré todas sus piezas y me haré el relojero con las manos más diestras, sólo para ajustar las agujas de su corazón que, por lo visto, se han parado.

"Espera a que te abrace, amor"  le dije, "Para saber lo que es estar bien". Se ahogaba en mis narices sin pedir ayuda, porque no podía, porque no sabía. "No tienes ni idea", sonreí, "de cómo navego yo por aguas turbulentas".

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