martes, 9 de abril de 2013

Un lugar con esperanza.

Me miro al espejo y ni siquiera me reconozco. Ya he dejado de llorar y puedo contemplar con repugnancia lo que me ha vuelto a hacer. "Esta vez se ha pasado" pienso. ¡Ay! Me estremezco cuando el alcohol me roza la piel. No sé qué me duele más si verme en este estado lamentable o hacerme yo misma las curas. "¿Por qué me trata así? ¿Tan mala soy que me tiene que golpear para que le obedezca? ¿Para que, según él, me comporte como una buena esposa?". Ni siquiera entiendo cómo alguien puede tener tanto odio hacia  una persona a la que supuestamente ama.

Termino de recoger el botiquín y soy incapaz de separarme del espejo. Veo cómo me resbala una lágrima por la mejilla y, para mi sorpresa, no la siento. Los golpes me han insesibilizado la cara. "Esta vez ha traspasado los límites". No. Los traspasó hace ya mucho tiempo, pero soy tan tonta que le vuelvo a perdonar siempre. La historia se repite una vez más. Me pega, se va, vuelve a las dos horas cuando se le ha pasado el colocón, me pide perdón y a mi se me cae el alma a los pies. Me encanta la manera en que me miente, la manera en la que me dice que me quiere.

Sigo llorando delante del espejo, con la cabeza agachada y las manos tapándome el rostro. Me duele. Me duele cada fibra de mi piel, cada parte de mi cuerpo. Se acabó. Me limpio las lágrimas con la manga del chaleco que me regaló por mi cumpleaños. Sólo tengo dos cosas claras ahora mismo: lo quiero tanto que mi vida sin él sería un lugar sin esperanza, pero no quiero llorar más. Tengo que irme si quiero vivir y ser feliz. Al fin y al cabo no vinimos a este mundo para amar, sino a ser felices y hacer felices a los que queremos. Él no me hace feliz, luego, no me quiere. Debí llegar a esa conclusión hace mucho tiempo; la primera vez que me puso la mano encima y estuve encerrada en casa un mes, mientras me sanaban las heridas. Pero yo sabía que las peores heridas no eran las físicas. Debajo de mi piel, atravesando de norte a sur mi corazón, se encuentra la más dolorosa de las heridas, la más grande de las cicatrices.

Debo irme. Ya he hecho la maleta y, cuando llegue a casa, no encontrará ni notas ni cartas de despedida. Sólo soledad. Se ha quedado solo y, en cierto modo, me da pena. Él se queda en esta casa que él mismo ha hecho arder, mientras que yo me voy con mis heridas y cicatrices a un lugar mejor. Un lugar donde encontraré aquello que me ha movido a dejarle. Encontraré un lugar con esperanza.

Lady Rock

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